El 8M, Día Internacional de la Mujer, es ocasión propicia para unirse a todas ellas en la exigencia del reconocimiento de todos los derechos. Todos. Incluso el derecho a ser respetada si, un suponer, manifestase su voluntad de hacerse monja. ¿Monja a estas alturas del siglo? Pues sí. Hay jóvenes que así lo han decidido y tendremos que respetarlas, salvo que algún talibán o talibana pretenda oponerse porque así le sale del turbante o del burka. No conozco a Silvia Abril más que por unas declaraciones que me reenvían vía whatsapp, en la que muestra su pasmo porque haya jóvenes a los que les da por seguir a Jesucristo, tal como parece que ocurre en la película Los Domingos. Película que, faltaría más, y ahora con mayor razón, quiero ver cuanto antes, superando mis reticencias a ver determinadas producciones que se encuadran en lo que se llama “cine español”, que tienen poco de cine y menos de español, que no sea propaganda pro-izquierda, eso sí, gratificada con cuantiosas ayudas y subvenciones que con escasa o ninguna fiscalización se conceden desde la administración del Estado por meras afinidades, lealtades y/o complicidades políticas. El que no pocas de esas películas ni siquiera lleguen a estrenarse o que no superen la semana en cartelera, no tiene importancia alguna porque más que el guion lo que interesa es la subvención.
No hace falta leer libros de santos para conocer biografías que nos sorprenderán por la entrega a los demás. Y a buen seguro si alguna de esas “Vidas ejemplares” las llegase a conocer Silvia Abril lo mismo se mostraba en el futuro más respetuosa de lo que dice y cómo lo dice. Me contaron una historia en que la protagonista era una monja. En una residencia de ancianos en nuestro Ontinyent fue ingresada una mujer a los pocos meses de haber enviudado. Sus sobrinos, sus únicos familiares, no pudiendo atenderla pensaron que estaría mejor atendida en aquellas modernas instalaciones que para la tercera edad se habían abierto meses antes. Exclaustrada de la que había sido su casa desde hacía más de sesenta años, no se hacía a la idea de vivir en aquella nueva residencia, pero a regañadientes aceptó. Los días, mal que bien, los pasaba con largas sentadas ante el televisor, con intermitentes cabezadas, y alguna distendida charla con otras residentes. Con la llegada de la noche, la soledad le abrumaba más aun de lo mucho que ya lo hacía durante el día. Y era tanto su desasosiego que para vencer su insomnio fue necesario recurrir a toda clase de somníferos que no siempre dieron el resultado.
Un sobrino, que la visitaba semanalmente, fue conocedor del progresivo deterioro de aquella mujer mal descansada y peor dormida, por lo que decidió buscarle acomodo en el Santo Hospital atendido en aquellos años por las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. Tuvo suerte y la tía Rosario aceptó su traslado. Y no había de tardar nada en agradecer el cambio. Aquella misma noche, ya metida en la cama, estaba a su lado una monja, una mujer que unos años antes había hecho caso a la llamada misteriosa de “ven y sígueme”. Eso que llaman vocación. Había profesado en esa orden religiosa, de tan grato recuerdo para los ontinyentins. La monja, sabiendo del desasosiego de aquella mujer, tomó la mano que asomaba por debajo de la manta, la acunó entre las suyas y le preguntó si quería rezar. Dijo que sí. Y no había llegado a la tercera avemaría cuando vio que la tía Rosario ya se había dormido. Eso ocurrió la primera noche en que no había tomado un somnífero. La historia se repitió noche tras noche durante los dos siguientes años, los últimos en que, en nuestro Santo Hospital, que ahora llaman La Beneficencia, estuvieron las monjas. La orfandad que produjo su marcha la notaron y mucho las personas allí asiladas, entre ellas la tía Rosario, que murió cuando estaba a punto de cumplir noventa años, dos semanas después de que se hubiesen ido las monjas.
Celebren y festejen las mujeres su Día Internacional. Y háganlo según sea su propósito y afán reivindicativo. Mucho me abstendré yo de decir algo más que no sea felicitarlas y desearles que consigan cuanto se proponen y reclaman, pero si me tendrán que admitir todas las silvias abriles, y cuantos con ella celebran sus chascarrillos con ínfulas dogmáticas, que más provechoso sería para las mujeres denunciar y condenar las actitudes de todos aquellos machirulos que por aquí siguen tratando de imponer sus caprichos, ayatolás que aquí mismo, entre nosotros, pero mucho más en aquellos países en que con total desprecio y total indignidad para sus más elementales derechos, una mujer puede perder la vida (te recuerdo, Mahsa Amini) por llevar mal ajustado su hiyab. Allí mismo donde maltratar a un camello tiene pena más severa que lesionar a una mujer. Ante esas aberraciones resulta de lo más ominoso, estruendoso y cobarde el silencio de todas las demás silvias abriles que callan y otorgan ante cualquier fatwa por perversa que sea contra los derechos de la mujer.