El periodista Fernando Ónega López (Mosteiro, Lugo 1947-Madrid, 2026) no necesitó morirse para hacer realidad la frase atribuida al dirigente socialista y ministro, Alfredo Pérez Rubalcaba de que “los españoles son de buen enterrar”. El periodista sufrió, como todo español que triunfa, las envidias, insidias, celos y recelos por parte de las mediocres de su gremio, pero fueron infinitos más los reconocimientos y sinceros aplausos que se ganó en vida con su profesionalidad, buen hacer y saber comunicar. Fue director de Prensa de la Presidencia del Gobierno. Recordar estos días que fue suya la frase entresacada del celebrado discurso de Adolfo Suárez, en la campaña de las elecciones democráticas de Junio de 1977, “puedo prometer y prometo”, es de un patético reduccionismo.

Fernando Ónega fue un periodista querido y respetado de palabra y obra por oyentes y lectores. Por lo que dijo y como lo dijo. Delante de los micrófonos; ante las cámaras de televisión y por cuantas cuartillas envió a imprentas y rotativas.  En las emisoras de la Ser, Cope, Onda Cero y Antena 3 demostró siempre su insobornable respeto por la verdad. A la hora de su muerte, los dos profesionales de la radio que cuentan con mayor número de oyentes, Carlos Herrera y Carlos Alsina, hicieron al alimón un programa cargado de amistad, sinceridad y estima como bien merecía el profesional de la comunicación que acababa de fallecer.

Los mayores de la amplia colonia ontinyentina que cada verano se daba cita, y continúa haciéndolo, en la playa de Bellreguart, recuerdan  la presencia de  las hijas de Fernando Ónega –Sonsoles y Cristina – acompañados de su abuela materna. Largas vacaciones las que disfrutaba aquella chiquillería llegada de Madrid, Alcoy, Ontinyent… en una playa familiar, entonces todavía de humanas dimensiones antes de que el cemento la invadiese como tantas otras del litoral valenciano. Allí  era fácil y agradecida la convivencia vecinal. La tía Amparito, hermana de mi suegro, Gonzalo Ferri, y su marido Batiste Soler, eran vecinos de apartamento del que ocupaban la suegra e hijas de Fernando Ónega. 

De aquel roce, el cariño. Y del cariño, la invitación para visitar Ontinyent, que  la familia Ónega aceptó encantada para venir a conocer nuestra ciudad. Y, cómo no, ocasión propicia para enseñarles cómo se fabricaban las mantas en la empresa Gonzalo Ferri de la que la tía Amparito era socia. Fernando Ónega, en una entrañable carta que recuerda y guarda Juan Soler, hijo de la tía Amparito, y su mujer Teresa Albiñana, agradecía la visita y tenía palabras de cariño y admiración por lo que entendió era la gran capacidad de iniciativa, voluntad de superación   y constante empeño demostrada por unos ontinyentins, empresarios y trabajadores, que habían hecho de nuestra ciudad la capital del mundo en la fabricación de mantas. En aquel momento eran más de seis millones las mantas que aquí se tejían.

Pero si la industria textil ontinyentina impactó al periodista, tanto o más lo consiguieron los dulces de Casa Mora. Probar las “especialidades” y rendirse ante sus exquisiteces todo fue una. Él mismo y su suegra se las vieron y desearon para contener las ansias de las pequeñas Cristina y Sonsoles por catarlas todas y no dejar ni una sola sin probar. Un dulce recuerdo que, siendo anécdota menor al lado de todas las múltiples experiencias y vivencias de un periodista querido y admirado, refuerza la talla profesional y humana de quien se ocupó de la redacción de buen número de los discursos de Adolfo Suárez y, por eso mismo, fue junto con el recordado presidente, otro de los que contribuyó a hacer posible una muy difícil y bendita Transición, que sólo los muy extremistas y descerebrados ultras de un lado y otro ahora pretenden deshonrar.