Andar por los caminos que como venas y arterias recorren los campos de Ontinyent, el diseminado que dicen ahora, supone un ejercicio de reencuentro con nuestras propias raíces. Son muchas y muy variadas las percepciones que te salen al paso invitando a la reflexión a poco que no te atosigue la prisa. Te has hecho acompañar en tu paseo de un teléfono que te sirva tanto o más que para comunicarte para recibir informaciones y avisos de todo tipo. Que pueden llegar a ser invasivos a poco que no acotes los intentos de intromisión por parte de quienes manejan las redes sociales y las empresas de telefonía y energía con pretensión de comerte el coco. Y lo hacen con las más variadas ofertas y atractivos señuelos. Esta mañana fría propia del mes de enero, los noticiarios dan cuenta del colapso que cientos, miles de agricultores, han provocado en carreteras y autopistas de Francia y España, en donde su protesta es más evidente y contundente. Se oponen al acuerdo de la Unión Europea con Mercosur, que los mandamases comunitarios van a firmar mañana, festividad de san Antonio Abad.
Nuestros agricultores y ganadores tienen sobradas razones para su protesta. Denuncian que está en juego su supervivencia porque el acuerdo será la puntilla que permitirá que las producciones de países como Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Panamá… puedan llegar a los mercados europeos en beneficiosas condiciones. No sólo por las ventajas que para ellos supone vendernos unos productos con menores costos salariales sino que tampoco tienen que hacer frente a las exigencias fitosanitarias de los nuestros ni a las trabas burocráticas y papeleo que tienen que padecer. Nuestros agricultores y ganadores van a ser como los púgiles que suben al cuadrilátero con un brazo atado a la espalda. Y los consumidores, confundidos por lo que se nos dice son ventajas competitivas del libre mercado, podemos quedar deslumbrados momentáneamente por esas luces largas. El problema se nos presentará cuando descubramos la verdad que está detrás del montaje. Que “nadie da duros por cuatro pesetas”. Y que el acuerdo puede hacer realidad la amenaza del “pan para hoy, hambre para mañana”.
Vas dándole vueltas a lo que se comenta en el noticiario que estás escuchando. Te surgen dudas que son fruto de tu desconocimiento de eso que llaman la letra menuda de los acuerdos a que han llegado los presidentes de los países de la Unión Europea, cuyas sesiones de trabajo se parecen a una tenida masónica presidida por el secretismo. Acuerdos que en su contenido son lo más parecido a los prospectos que acompañan a los medicamentos, y en los que se hacen tan detallada enumeración de contraindicaciones que, con razón, hasta los propios médicos que te lo han recetado te aconsejas que obvies la lectura para no marearte. Sería muy de agradecer que nuestros dirigentes tuviesen la deferencia, que por lo demás debería formar parte de sus obligaciones cotidianas, de explicarnos con detalle, con verdadera voluntad pedagógica, cuáles son las ventajas y servidumbres del acuerdo Unión Europea-Mercosur y qué garantiza el futuro de nuestros cada vez más castigados agricultores y ganaderos.
En el paseo que estás haciendo por los caminos rurales de Ontinyent observas con pesar aquí, allá y acullá campos y más campos que hace tiempo dejaron de ser de cultivo. Terrenos que no hace tanto los pudiste ver en plena producción. En otros, cada vez más numerosos, su abandono ya es de tantos años que les han crecido pinos, olivos y toda clase de maleza que trata de colonizar unas tierras que han quedado yermas. En algunos bancales, próximos al barranc de la Besona, llaman la atención unos hoyos que no responden a ningún propósito de cultivo. Son los agujeros que jabalís, cuyo número sigue creciendo, han provocado en su búsqueda de larvas, gusanos, raíces y bulbos. Sin relevo generacional, sin alicientes que animen a jóvenes a la agricultura, cada año serán más los terrenos que quedarán huérfanos, tanto en secano como en nuestras fértiles huertas del Llombo y el Pla, por falta de manos dispuestas a cultivarlas con la dedicación, esfuerzo y mimo con que lo siguen haciendo todos aquellos –cada vez menos -- que como el bueno de José Revert Gandía, al que conocemos y queremos como “el Turrano”, siguen siendo ejemplo de buen hacer como excelentes agricultores.