Una contagiosa afonía ha dejado sin voz a las dirigentes del feminismo hispano que no han abierto la boca para condenar la presunta agresión cometida por un muy alto mando de la Policía Nacional, denunciado por una inspectora que ante la sospecha de que podía sufrir una encerrona con libidinosos propósitos a manos de quien era el director adjunto operativo (DAO), el segundo en la jefatura de la Policía Nacional, -- de los que el denunciado ya tenía merecida fama-- decidió grabar todas las penalidades que  temía sufrir y sufrió. Y que desembocaron en una violenta agresión sexual que aparecen relatadas en toda su crudeza en la denuncia presentada ante el juzgado de Violencia contra la Mujer. Si sorprendente resulta que la afectada no recurriese a los canales propios de la Policía Nacional por la desconfianza que sentía de que su caso iba a ser tapado, no menos estupefacción causa que los grupos feministas, tan activos y reivindicativos en otros momentos, no se hayan manifestado dando apoyo a la afectada con una expresión otras veces escuchada estereofónicamente como la de “hermana, yo sí te creo”.

Y lo del ministro del Interior, el que fuera reputado juez Fernando Grande Marlasca, que como ministro ha sido repudiado en siete ocasiones en el Congreso y Senado, sólo puede ser encuadrado en un caso de supina ignorancia. Él podrá alegar que no supo nada de la agresión sexual presuntamente perpetrada por su policía protegido, José Ángel González, por quien el ministro llegó a perpetrar la infamia de usar un decreto sobre la dana de Valencia para colar su continuidad en activo, desdeñando su obligatoriedad de pasar a la condición de jubilado. Y que, tampoco supiese nada, de que otro alto mando policial, Óscar San Juan, también denunciado, hubiese tratado de tapar la agresión ofreciendo a la víctima un destino a su elección, deja al ministro como un inútil total para un cargo en el que es imprescindible ser uno de los españoles mejor informados. “Marlasca, yo no te creo”.