Estamos en el 22 de diciembre de 1922. Las campanas de la torre Santa María tocan a rebato dando aviso a la población de que algo grave ha ocurrido. No existen las redes sociales que un siglo después lo propagarán con inmediatez, pero bastan las voces reclamando auxilio para que las buenas gentes de Ontinyent se movilicen al instante y a toda prisa corran hasta la estación de ferrocarril, escenario de la tragedia. La historia, aunque conocida, conviene recordarla. A una de las locomotoras del tren que transporta a Alcoy al regimiento Vizcaya, de vuelta a casa por la Navidad, después de haber desarrollado unas maniobras militares en Chiva, parece que le fallan las fuerzas. A la altura de la estación de Agres tratan de desengancharla para sustituirla por otra. En la maniobra, según parece, tres vagones no quedaron con suficiente sujeción y comenzaron a deslizarse pendiente abajo. No es posible detener su marcha cada vez más acelerada. El tren que con la impedimenta seguía al otro en que viajaban los soldados, está detenido en la estación de Ontinyent. Se produce el choque. El impacto es brutal. El resultado de la catástrofe será de once muertos y ochenta heridos graves.
Nuestros antepasados dieron muestras de su acendrado sentido de la caridad, virtud teologal convertida en solidaridad por mor de la secularización de los nuevos tiempos. Ante las llamadas de socorro ninguna mano ontinyentina permanece ociosa ni se escaquea antes bien todo lo contrario. La movilización de unos y otros por tratar de prestar la mayor ayuda posible a las víctimas de la catástrofe, se convierte en noticia. Si causó gran impacto el accidente y así quedó plasmado en los diarios de la época “con gran relieve tipográfico”, que era como se decía de la valoración, la magnífica y extraordinaria respuesta de los hijos del Onteniente, no causó menos sorpresa ni pasó desapercibida para los cronistas del suceso. La suya había sido una soberbia demostración de generosidad y entrega. Las autoridades civiles y militares son conocedores del esfuerzo desplegados por los ontinyentins y promueven que la ciudad añada a los títulos que honran sus blasones y son bien conocidas por ser “muy antigua, muy noble y muy leal”, la de ser también “muy caritativa”.
Del accidente producido el pasado domingo día 18, al sufrir uno de ellos descarrilamiento ocupando la vía por la que llegaba otro convoy que terminó colisionando con el que se encontraba parado, más que las razones y circunstancias que están siendo objeto de investigación, quisiera destacar el comportamiento de la población de Adamuz, localidad cordobesa situada en el corazón de Sierra Morena, que poco más de cuatro mil habitantes que, como en el histórico caso de nuestro Ontinyent, demostraron de inmediato una decidida voluntad de ayudar tanto a los heridos que en medio de la negrura de una noche cerrada pedían ser auxiliados, como a los agentes de la Guardia Civil, policía, bomberos, médicos y enfermeras que en una desenfrenada carrera contra el tiempo se movilizaron. De entre todos los adamuceños volcados en ayudar a las víctimas, es de justicia destacar a un joven de 16 años, Julio, al que la curiosidad compartida con su madre y un amigo, sorprendidos por la presencia de una ambulancia que circulaba por un camino vecinal y a la que siguieron, les llevó hasta el escenario del drama, en el que Julio demostraría notable temple y madurez para sus pocos años.
Se han conocido algunos de los muchos detalles de la ayuda prestada por Julio, como ser enlace entre afectados de unos y otros de los trenes siniestrados y separados por más de ochocientos metros, ayudar a heridos, tomar nota de teléfonos de afectados para que diese recado a familiares sobre cómo se encontraban. El chaval se ha convertido en ejemplo y en motivo de esperanza para quienes, como es mi caso, constatamos una progresiva pérdida de valores en una juventud atornillada a las pantallas de teléfonos móviles, de los que no consiguen separarse. Julio nos ofrece un contraste con su voluntariedad frente pasotismos, apatías y desganas.
Ojalá cunda el efecto sin que tenga que producirse otra desgracia porque en el día a día y a nuestro alrededor, se nos ofrecen oportunidades para echar una mano a los muchos que necesitan agarrarse a ella para salir a flote. Si yo tuviese alguna capacidad de persuasión ante las autoridades políticas y sociales, aconsejaría que sería bueno adelantarse a cualquier otra iniciativa e invitar a Julio a venir y conocer Ontinyent –nuestros Moros y Cristianos podría ser un buen momento y razón -- para poner en valor y que cundiese su ejemplo, digno de encomio y aplauso.