Las estadísticas sobre preferencias de consumo de alimentos por los españoles dan cuenta de que salvo las comunidades autónomas del norte de España, Vascongadas, Asturias, Cantabria y Galicia, en las que es sensiblemente mayor, el consumo de pescado se sitúa entre los 18 y 22,3 kilos por persona y año. En el caso de nuestra ciudad ese consumo debe ser mayor. O mucho mayor, si nos atenemos a los temores que manifiestan no pocos paisanos cuando se suscita un debate sobre el método selectivo de recogida de residuos doméstico. A esa deducción he llegado al escuchar los temores –ampliamente señalados como mayor preocupación—que manifiestan cuantos ontinyentins se refieren como principal problema de ahora mismo: el de qué hacer con los residuos del pescado y la periodicidad en la recogida de las basuras orgánicas.
A la concejal Sayo Gandía le escuché decir cuando la entrevisté en el programa “Vosté dirá” de Comarcal TV, que la recogida de basura orgánica -- que no tiene porqué llegar a provocar olores desagradables, según comentó-- se efectuará tres días a la semana. Que incluso pueden ser cuatro si se comprobase la necesidad. No parece, en principio, que sea muy complicado guardar más de un día, en el peor de los casos, los restos orgánicos, incluidos los del pescado que, por lo que se escucha, debe ser el mayor pecado que puede cometer el nuevo método de recogida de basuras, plásticos, envases y cuanto consumimos.
Confieso, y en estas mismas páginas lo manifesté, que mis iniciales reticencias fueron decayendo a medida que se me explicaba el procedimiento a seguir que, por cierto, no difiere apenas del que en casa ya veníamos practicando, que no es otro que el de separar envases plásticos y latas, papel y cartón, y residuos alimentarios. O lo que es lo mismo, que quienes hacemos ecologismo al tratar los residuos lo seguiremos haciendo. Otra cosa es que esas buenas prácticas tengan el premio prometido de una reducción de las tasas de basuras, que ya suponen una pasta gansa.
A la vista de la acritud de algunos comentarios --¡ay, anonimato de las redes sociales cuántas estupideces se amparan bajo la cobardía que tú propicias! – que se escriben sobre este asunto da que pensar qué ocultos intereses se esconden y quienes son los que tratan de obtener rédito político. Me temo que el creciente y preocupante clima de polarización que padecemos en España -- siendo sus peores alentadores los dirigentes políticos de uno y otro signo que se han dedicado a encabronar a los españoles-- bastante tiene que ver con insultos y amenazas contenidos en algunas invectivas sobre las basuras en nuestro Ontinyent.
“Problemas del primer mundo”. Así ha definido la compañera boliviana de un paisano la polémica sobre la recogida de basuras. Ella, inmigrante que vive entre nosotros, todavía sin papeles, dos años después de haberlos pedido y de haberse casado con mi amigo, no consigue entender que estemos haciendo un problema de lo que pretende ser una solución ecológica haciendo más y mejor el reciclaje de todo cuanto consumimos. “Problemas del primer mundo”, repite, al tiempo que exhibe una amplia sonrisa que destila ironía. Una ironía que sería bueno compartir para rebajar tensiones.
Quienes hemos formado parte de las excursiones, en gran medida nutridas de ontinyentins, que en este mes de abril se han dado cita en Egipto, han tenido ocasión de comprobar que salvo los monumentos y templos faraónicos, la suciedad aparece por doquier. Y que el vertido de residuos y basuras a canales, que de un modo u otro afluyen sus aguas a las del caudaloso Nilo, es lo mismo que hacíamos nosotros no hace tantos años, cuando nuestros barrancos eran los vertederos a las que iba a parar todo cuando desechábamos.
Si a partir de ahora, y gracias al nuevo sistema de recogida de desperdicios, hacemos de Ontinyent una ciudad más limpia, ecológica, sostenible, acogedora --sin necesidad de tener tantos contenedores repartidos en nuestras calles—y en la que reciclar sea uso y costumbre y no obligación, terminaremos por agradecernos colectivamente que entre todos lo hayamos conseguido. De momento, convendría regalarnos un poco de sosiego, que con los sobresaltos que nos provoca el pirado de Donald Trump ya vamos más que servidos.